Lógica paradójica
Si nos alejamos de cualquier postura voluntarista o preferencia emocional, o de valoraciones ideológicas, un análisis racional de lo que sucedió en Brasil el pasado 4 de octubre, indicaría que el resultado de las elecciones estaba dentro de lo posible, y más aún, hasta casi lógico. Además, es una gran lección para que aprendamos en la Argentina.
Lo que se denomina como ¨progresismo¨ en Brasil, presentó como principal candidato un encumbrado dirigente político de pasado gremial de 80 años, imbuido de las luchas obreras de fines del siglo XX, con tres períodos presidenciales casi cumplidos, alternado con su ¨delfín¨ remplazándolo durante un período y medio, -la ex presidenta Dilma Rousseff, también del PT, que fuera destituida por juicio político en 2016-, y que busca su cuarto mandato para eventualmente, culminarlo a los 85 años.
Ante esta propuesta del PT, partido nacido en el estado de Sao Paulo, en la zona más industrial y urbanizada del Brasil, cuna de las luchas obreras más importantes, el domingo 4 de octubre el electorado de este Estado se pronunció contundentemente contra este partido, donde el candidato a Gobernador de derecha, ganó con un 62 % frente al 36 % del candidato de Lula. En tanto que, paradójicamente el PT está haciendo base en los estados del Nordeste, -muy parecido a nuestro norte argentino-, zona más pobre, menos industrializada y tradicional de Brasil, donde el voto conservador y caudillista era hegemónico, tal es así, que de allí surgió el recordado ex presidente Fernando Collor de Mello, parangón brasileño del menemismo argentino.
¿Que explica esta gran paradoja? Según los cánones tradicionales, en las zonas más progresistas, industrializadas y dinámicas donde surgió el ¨trabalhismo¨, gana ahora la derecha de Bolsonaro, y en las zonas más atrasadas, pobres, tradicionales y conservadoras, en los bastiones de la derecha provinciana, ahora es el territorio que puede salvar a Lula de la derrota en el ballotage.
¿Progresismo anacrónico?
Más allá del resultado del próximo domingo 27 de octubre, hay un dato sociológico debe llamar la atención a todos los políticos brasileños, de aquí al futuro. Es evidente que el progresismo hoy está leyendo la realidad en forma algo anacrónica, codifica la realidad con categorías de análisis del siglo XX, en pleno siglo XXI. Si se sostiene aun desde este sector, que ¨la sociedad no se ha derechizado¨, es negar la realidad, se parte de una falsa premisa, y peor aún, a partir de esa consigna, no se trabajará socialmente para recuperar los sectores populares, hoy fuertemente socializados por las corrientes religiosas y políticas de la derecha.
Los viejos manuales de política también decían que la derecha tradicional, en los siglos XIX y XX accedía al poder a través del fraude electoral, promoviendo el monarquismo, dictaduras, o el voto socialmente restringido. Amplios sectores sociales estaban fuera de la ciudadanía, tales como las mujeres, grupos étnicos, minorías, nacionalidades, pobres, pueblos originarios, analfabetos, etc. A lo que debe sumarse los mecanismos espurios para violentar la voluntad popular, que estaban aceitados y bien ejercitados, como los que hegemonizaron la política argentina en pleno modelo agroexportador, entre 1880 y 1916.
Ya en el siglo XX en América Latina, la derecha echaba mano a los golpes de Estado, dictaduras militares, regímenes fascistas, o la directa intervención de la superpotencia continental -EEUU- que sacaba o ponía gobiernos en distintas republiquetas bajo su influencia, al estilo dominicano o venezolano, promovía secesiones o desmembramientos territoriales como en Panamá para manejar el canal interoceánico, o abortar la proliferación de los modelos revolucionarios que llegasen a emular a la Cuba castrista. Hoy el progresismo debe admitir que la derecha, a caballo de las nuevas tecnologías, las redes, la nueva comunicación, y de los cambios generacionales, aprendió a hacer política en el marco de las reglas democráticas y ganó la iniciativa social. Hoy parecería que el ¨progreso¨, pasa por superar el viejo progresismo, para dar lugar a una panacea de libertad, hiper-individualismo y anti Estado.
Son las religiones, estúpido…
Un capítulo aparte son los nuevos roles sociales que cumplen en la sociedad y la política, los grupos económicos supraestatales –multinacionales que facturan más que varios PBI de muchos países-, y los grupos sociales intermedios, entre ellos las Iglesias y las distintas creencias populares. La por entonces famosa consigna de que la religión era el ¨opio del pueblo¨, y por lo tanto superable y soslayable, hoy no da respuesta adecuadas a la necesidad de análisis del poder, ante el hecho evidente de la influencia que ejercen los credos de distintas denominaciones, en países como Brasil, donde tanto el catolicismo, como los evangélicos, son factores determinantes en los resultados electorales. Lo que otrora se entendía que eran ¨supersticiones¨ que debían decantar y desaparecer por el propio avance de la política científica, el positivismo, el racionalismo, hoy muestra revitalización con efectos políticos, sean creencias religiosas, identidades culturales y nacionalistas, adhesiones tribales, y otras fidelidades o posturas consideradas ¨irracionales¨ desde los cánones positivistas decimonónicos.
Por todo ello, la denominada ¨ola de derecha¨ continental, en la que se inscribe el triunfo de Bolsonaro Jr en primera vuelta, no es una sorpresa, como tampoco lo será si Lula –en ejercicio de su arte de hacer política- revierte el resultado en el balotaje. En medio del auge de la esclavitud, siempre aparece un Espartaco que alce su voz.
Final abierto. Para alquilar balcones.

























